Piezas chinas desplazan artesanía mexicana por precios más bajos
Artesanos que participan en la XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios advierten que las imitaciones y productos importados compiten con piezas elaboradas a mano, cuyo precio refleja horas de trabajo y técnicas heredadas por generaciones.

Las piezas elaboradas en serie y los productos importados a bajo costo se han convertido en una de las principales competencias para los artesanos mexicanos, quienes aseguran que cada vez resulta más difícil vender objetos hechos a mano cuando los consumidores encuentran imitaciones a una fracción de su precio.
El problema se hace visible en la XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México, instalada en el Zócalo capitalino hasta el 23 de agosto, donde artesanos de distintos estados ofrecen textiles, huaraches, alebrijes, piezas de guaje y otros productos elaborados mediante técnicas tradicionales.

En los puestos, los artesanos no sólo comercializan sus productos; también explican que detrás de cada pieza existen horas de trabajo, materiales específicos y conocimientos transmitidos dentro de las familias. Una diferencia que, aseguran, difícilmente puede competir con los precios de los productos industrializados.
José Ángel Esteban, artesano del municipio de Nezahualcóyotl, lleva 36 años elaborando huaraches tejidos a mano. Cada par puede requerir hasta una hora y media de trabajo y sus diseños incorporan colores y elementos de distintas tradiciones, entre ellas la estética del “tiliche” de Oaxaca.
Para él, la principal diferencia está en la calidad y el tiempo de elaboración. Mientras un huarache artesanal requiere trabajo manual, las imitaciones pueden producirse en grandes cantidades y venderse a precios mucho menores.
“Lo mío sí se te va a acabar la suelita, pero el tejido de arriba te va a quedar como nuevo”, explica.
El impacto de los productos de bajo costo también lo observa Antonio Miranda, artesano originario de Puebla, quien trabaja el guaje o bule para convertirlo en vasijas, sonajas, maracas y figuras decorativas.

Cada pieza requiere cortar, secar, limpiar, limar y labrar el guaje antes de ser transformado en un objeto. Sin embargo, ese proceso pierde valor frente a productos similares que llegan al mercado con precios considerablemente menores.
“La gente ya no busca calidad, ya busca economía”, lamenta Antonio. Como ejemplo, señala que algunas piezas que ellos comercializan en alrededor de 20 pesos pueden encontrarse en versiones de imitación hasta en cinco pesos.
Para los artesanos, la competencia no sólo representa una reducción en sus ventas, sino también un riesgo para la continuidad de oficios que dependen de que las nuevas generaciones encuentren en ellos una forma de vida.
Es el caso de Daniel Juárez Pérez, de 17 años, originario de Temascalapa, Estado de México, quien aprendió desde niño a utilizar el telar de pedal, conocido en su comunidad como telar “de chicote”, por el sonido que produce al funcionar.
Daniel pertenece a la última familia de su pueblo que conserva esta tradición. En su comunidad, explica, los niños pueden acercarse al oficio desde los siete años. Él aprendió por curiosidad y ahora participa en la elaboración de rebozos, piezas que pueden tomar entre cuatro y seis horas de trabajo.
“Eso es lo que me mantiene a mí más orgulloso de mi comunidad y de mi artesanía”, afirma.
Una situación similar enfrenta Pedro Apolinar Toledo, artesano zapoteco de la Sierra Juárez de Oaxaca y tercera generación de su familia dedicada a la elaboración de artesanías. En su taller familiar producen bolsas de plástico e ixtle, además de alebrijes tallados en madera de copal y pino.
El trabajo se distribuye entre los integrantes de la familia: mientras los hombres suelen encargarse de la talla, las mujeres participan principalmente en la pintura. “Lo hacemos con amor, porque este es nuestro trabajo, es lo que nos da de comer”, explica.
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Los artesanos coinciden en que uno de los mayores retos es que los consumidores puedan distinguir entre una pieza artesanal y una imitación. Para ellos, comprar directamente a quienes elaboran los productos representa también una manera de reconocer el valor de las técnicas tradicionales.
En el Zócalo, la XII Fiesta de las Culturas Indígenas reúne hasta el 23 de agosto a productores y artesanos de distintas comunidades, con una oferta que incluye textiles, prendas bordadas, rebozos, bolsos, huaraches, sombreros, piezas de guaje, alebrijes y figuras de madera.
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Sandra Rojas es periodista y licenciada en Comunicación y Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con ocho años de trayectoria. En 2025 Obtuvo el primer lugar de la cuarta edición del Premio de Periodismo Contar(nos) por Decisiones robadas, un reportaje sobre las esterilizaciones forzadas a mujeres con discapacidad en México, realizado en el marco de la beca #CambiaLaHistoria de DW Akademie y Alharaca, en 2024. Su trabajo está orientado a los derechos humanos y la justicia social. Cree en el periodismo como un acto de acompañamiento y en las palabras como una forma de reparación.



