Un viaje por 3 mil años de fútbol en el Museo de Antropología
Las exposiciones “Tlachtli: Espacios del juego sagrado” y “Futbol 2026” conectan la historia ancestral del juego con las pioneras y el futbol contemporáneo

El Mundial ya terminó. Las calles dejaron de llenarse de camisetas verdes, las conversaciones sobre partidos comienzan a desaparecer y los estadios que durante semanas fueron protagonistas vuelven poco a poco a la rutina.
Pero en el Museo Nacional de Antropología todavía quedan algunos rastros de aquella fiebre. Aquí la pelota no terminó con el último silbatazo. Al contrario: parece haber encontrado otra manera de seguir rodando.
Entre las salas del museo conviven dos exposiciones que miran al fútbol desde extremos aparentemente opuestos. “Tlachtli: Espacios del juego sagrado” lleva la mirada miles de años atrás, hacia las culturas mesoamericanas y sus espacios rituales de juego. “Futbol 2026”, de la fotógrafa Annie Leibovitz, observa el deporte contemporáneo a través de imágenes de futbolistas, estadios y cuerpos marcados por la competencia.
Entre ambas exposiciones aparece un tercer elemento: la memoria de las pioneras del fútbol mexicano de 1971, mujeres que disputaron una final mundialista mucho antes de que el fútbol femenino profesional existiera en el país.
El resultado es un recorrido que termina hablando menos de un Mundial y más de por qué seguimos jugando.
Mucho antes del silbatazo

En “Tlachtli: Espacios del juego sagrado”, el fútbol pierde por un momento su carácter moderno.
Las fotografías aéreas de Santiago Arau muestran antiguas canchas prehispánicas desde una perspectiva poco habitual. Desde el cielo, los espacios destinados al juego aparecen integrados al paisaje de sitios como La Quemada, en Zacatecas, y Chichén Itzá.
La cancha deja de parecer solamente una cancha. Se convierte en parte de un territorio. Frente a una de las vitrinas, Jacinta Cámara, una de las guías del museo, explica que las pelotas de hule utilizadas en estos juegos podían pesar hasta nueve kilos. Aquello no era simplemente una competencia deportiva. La pelota estaba relacionada con el Sol y con una concepción del movimiento, la vida y el equilibrio del mundo.
La pelota iba y venía. Como el Sol. Como un ciclo que debía mantenerse. Entre las piezas aparecen también representaciones de mujeres jugadoras, con protecciones de cadera y rodillas. Y es ahí donde el pasado deja de sentirse tan lejano.
“Ellas nos pusieron el ejemplo”

Frente a una escultura de una mujer jugadora procedente de la Huasteca veracruzana, Alicia Vargas Ángel, una de las futbolistas mexicanas que disputaron el Mundial de 1971 y conocida como “La Pelé”, se detiene. La observa durante unos segundos.
“Es un honor estar aquí con la principal pionera de tantísimos años”, dice en entrevista con El Momento Metropolitano.
Alicia reconoce en aquella figura algo que va más allá de la arqueología: una mujer ocupando un espacio de juego hace siglos.
“Ver que las mujeres de ese tiempo ya tenían un espacio de pelota… ellas nos pusieron, sin saber, el ejemplo hace tantos años”, reflexiona.
La escena reúne dos momentos que pocas veces aparecen juntos: una mujer representada en piedra hace cientos o miles de años y otra que, en el siglo XX, tuvo que abrirse camino en las canchas mexicanas.
La pelota cambió. El uniforme cambió. Las reglas también. Pero el espacio que las mujeres tuvieron que conquistar siguió siendo una constante.
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Del juego ritual al fútbol mundial
En la Sala A1, el recorrido cambia completamente de escenario.
La exposición “Futbol 2026”, de Annie Leibovitz, devuelve al visitante al fútbol contemporáneo.
Después de atravesar las canchas sagradas, aparecen fotografías de cuerpos en movimiento, rostros, barro, esfuerzo y celebración.
Leibovitz retoma imágenes de su trabajo alrededor del Mundial de México 1986 y las pone en diálogo con una nueva mirada realizada cuatro décadas después.
Una de las fotografías que más llama la atención es la de Pelé, tomada en 1981 y posteriormente reeditada por la fotógrafa para mostrar al futbolista sobre el lodo.
La imagen recuerda sus primeros años, cuando jugaba descalzo, y establece un vínculo inesperado con las piezas de la exposición anterior.
El lodo de la fotografía. La tierra de las antiguas canchas. El cuerpo del futbolista. El cuerpo del jugador ritual. Dos épocas separadas por siglos que terminan encontrándose en una misma idea: jugar también es una manera de contar quiénes somos.
Después del Mundial, queda la memoria
Quizá el contraste resulta más evidente ahora que el Mundial terminó. Ya no están las multitudes esperando el siguiente partido. Ya no hay calendarios marcando la cuenta regresiva ni ciudades pintadas con los colores de las selecciones.
Y dentro del museo, esa memoria se extiende mucho más atrás que cualquier torneo. Las pioneras de 1971 aparecen entonces como un puente entre ambas exposiciones. Ellas también forman parte de una historia que durante mucho tiempo fue contada desde los márgenes: la de las mujeres que jugaron, resistieron y ocuparon espacios que no siempre estaban destinados para ellas.
Al final del recorrido, el fútbol deja de parecer únicamente el deporte que acaba de celebrar un Mundial.
Se vuelve algo más antiguo. Más profundo.
Una práctica que ha cambiado de reglas, de escenarios y de protagonistas, pero que conserva una misma capacidad para reunir a las personas alrededor de una pelota.
Al salir del Museo Nacional de Antropología, la fiebre mundialista ya no está afuera. Pero tampoco se ha ido del todo.
Queda en las fotografías, en las piezas arqueológicas y en las historias de quienes jugaron antes. Queda, sobre todo, en esa pelota que durante miles de años ha seguido encontrando la manera de volver a rodar.



