“La Guadalupe de Cuba”: El sazón de la isla que encontró su hogar en el oriente de la CDMX
Yesiney salió de Cuba en 2024. Dejó atrás a su madre, a su abuela, a sus hermanos y a su pareja debido a la crisis que atraviesa su país, hoy en día tiene un negocio en la capital del país, que es un puesto de comida: es también un santuario cultural. Lo bautizó “La Guadalupe de Cuba”, un nombre que condensa sincretismo y agradecimiento

En la intersección de la calle Toltecas y la avenida Ermita, en la alcaldía Iztapalapa, el aroma del arroz con frijol y el cerdo asado transporta a los transeúntes directamente a la isla de Cuba.
Detrás del mostrador, bajo una sombrilla roja y resguardada por un puesto de aluminio blanco, se encuentra Yesiney Moreno Medina. Tiene 40 años y, como miles de mujeres migrantes, ha transformado la necesidad en emprendimiento mientras navega por el complejo —y a veces desalentador— sistema de asilo mexicano.

Yesiney salió de Cuba en 2024. Dejó atrás a su madre, a su abuela, a sus hermanos y a su pareja debido a la crisis que atraviesa su país. Su travesía fue, en sus palabras, un “proceso bastante tedioso” que la llevó por Colombia, Nicaragua, Honduras y Guatemala hasta llegar a Tapachula, Chiapas.
“Para poder salir adelante hay que tomar una decisión. Tenía que ser así, o es el sí o es el no”, relata en entrevista para El Momento Metropolitano, al recordar el peso de abandonar su hogar con la esperanza de ayudar económicamente a los suyos.
Aunque su meta inicial era llegar a Estados Unidos, el cierre del programa CBP One la obligó a replantear el camino y buscar refugio en México.
De acuerdo con datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), el país se ha consolidado como uno de los diez con más solicitudes de asilo en el mundo, con casi 80 mil peticiones en 2024; las mujeres representaron el 54% de estas.
El sueño mexicano que nació en la COMAR

El negocio de Yesiney no es solo un puesto de comida: es también un santuario cultural. Lo bautizó “La Guadalupe de Cuba”, un nombre que condensa sincretismo y agradecimiento.
“Tenemos una patrona en Cuba que es la Caridad del Cobre. En la parte yoruba afro-cubana le decimos Ochún, la reina del amor y la dulzura. Quise simbolizarla con la Guadalupe, que es la patrona de México”, explica.
Para ella, el amarillo de Ochún y el manto de la Guadalupana se encuentran en este rincón de Iztapalapa como un gesto de unión y protección, especialmente hacia la familia que dejó atrás.
El camino hasta este punto no fue inmediato. Yesiney comenzó vendiendo tamales cubanos frente a las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). Eligió ese lugar porque ahí estaban sus “paisanos”, quienes reconocen y añoran el sabor de su tierra. En Cuba, explica, el tamal no es un desayuno cotidiano, sino un platillo de fiesta, boda o Navidad.
Sus tamales se distinguen por el uso de maíz tierno molido —no maseca— y por envolverse en hoja verde y tierna, que consigue directamente de una productora en un rancho local para mantener la autenticidad.
Tras ocho meses frente a la COMAR y después de que el restaurante cubano donde trabajaba como bartender cerrara, su red de apoyo creció. Hace apenas unas semanas, gracias a la alianza con un socio mexicano, dio el salto a un puesto más establecido en la calle Toltecas, a pocos metros del Metro Atlalilco de la Línea 8.
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Una cocina que resiste

Hoy, su menú es una fusión pensada tanto para cubanos como para mexicanos. Ofrece tacos y tortas de cochinita, junto al tradicional arroz con gris (moros con cristianos), cerdo asado marinado con limón, naranja y especias, y ensalada. Cada plato cuesta $80 pesos.
El entorno que rodea su puesto es un microcosmos de la migración contemporánea. En el aire se mezclan acentos de Centroamérica, el Caribe y Sudamérica; incluso algunos conductores de mototaxi cercanos también son migrantes que, como ella, buscan un lugar donde echar raíces.
Sin embargo, la integración no ha sido sencilla. Yesiney describe su estancia en la Ciudad de México como una especie de “esclavitud” moderna debido a las restricciones de movilidad y la falta de documentos. “No podemos movernos de acá dentro de la ciudad… es prácticamente como ser esclavo”, lamenta. La ausencia de una identificación oficial le impide, incluso, abrir una cuenta bancaria.
Las cifras reflejan una realidad compleja: datos del Plan Estratégico del Instituto Nacional de Migración señalan que apenas el 3% de las personas solicitantes de refugio recibe protección humanitaria en México.
A pesar de ello —y de cierto “territorialismo” que dice haber percibido en ocasiones— Yesiney insiste en no rendirse. “El secreto es no decirle no a nada… si no crees, pues no tener miedo y salir adelante”, afirma con determinación.
Después de meses de incertidumbre —en los que llegó a esperar hasta diez meses para una entrevista grabada— su caso está ahora en manos del Instituto Federal de Defensoría Pública (IFDP). Mientras aguarda una resolución, continúa atendiendo su puesto de lunes a viernes, de 8:00 a 16:00 horas.
Para Yesiney, cocinar no es solo una forma de ingreso; es un acto de dignidad y resistencia. Entre el vapor del arroz y el crujir del cerdo asado, sostiene una convicción sencilla que resume su historia: “Uno no vive para trabajar, uno trabaja para vivir”.



