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Baches que no se van: el día a día en una colonia que se hunde

Israel Reyes, El Momento Metropolitano – Los mototaxis avanzan como pueden sobre la calle. Aceleran, esquivan, frenan en seco y vuelven a arrancar. No lo hacen por los topes que aquí casi no existen, sino por los baches de más de un metro que se abren a cada pocos pasos y que con el tiempo se han vuelto parte de la cotidianidad de los automovilistas.

Varios conductores ya reventaron llantas o quedaron atorados en ellos, así que ahora circulan con precaución, leyendo el pavimento como si se tratara de una pista con obstáculos.

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El Momento Metropolitano, visitó Santa María Aztahuacán, una de las colonias de Iztapalapa donde el suelo no se está quieto. Las grietas se asoman en banquetas, bardas e incluso muros interiores.

Hay hundimientos que tuercen los niveles de las calles y deforman el asfalto como si este se hundiera por tramos. Según un estudio del Instituto de Ingeniería de la UNAM, el origen está bajo los pies: depósitos lacustres de arcilla blanda, materiales que al perder agua se compactan de manera desigual y empujan a la superficie hacia abajo. La falta de mantenimiento vial y las lluvias terminan de acelerar el deterioro, abriendo los huecos que los vecinos esquivan todos los días.



“La verdad los baches son un peligro”, resume Martha, vecina desde hace treinta años, mientras señala una calle que parece recién bombardeada.

“Pasan carros muy rápido y en ocasiones chocan por culpa de los baches, provocando muchos accidentes. No sé por qué el gobierno no ha invertido en esto; si gasta dinero en otras cosas, debería invertir en reparar las calles para que nuestra ciudad esté mejor”.

Sobre la calle Anillo de Circunvalación está la estética unisex de Elena Martí. En la puerta, el ruido de las tijeras convive con el de autos que intentan pasar sin caer en un bache que lleva al menos cuatro meses ahí. No está vacío: sus paredes están rellenas de llantas viejas, cascajo y bolsas de basura. Elena dice que en esta colonia lo raro sería encontrar una calle sin baches.

“Todas están llenas. Aunque este que tengo aquí afuera es el peor”.


La comunidad exige atención inmediata. Por las noches, el hoyo funciona como tiradero improvisado.

“Yo tengo que pagar todas las mañanas al señor de la basura para que se lleve las bolsas que dejan ahí”, cuenta, molesta.

Los vecinos aseguran que el bache ya fue reportado varias veces a la alcaldía, pero sigue igual: abierto, profundo y creciendo con cada lluvia.

Mientras tanto, la vida continúa sobre el asfalto resquebrajado. Los mototaxis calculan trayectorias, los automovilistas se abren a contracarril cuando pueden y los peatones parecen caminar memorizando los puntos seguros. La calle es, en sí misma, una evidencia cotidiana del abandono de la infraestructura urbana y de lo mucho que el suelo de esta parte de Iztapalapa se hunde, se agrieta y se rompe cada día un poco más.


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